Un cielo azul,un suelo oro.

07 septiembre 2008

Cuando Martín abre los ojos, el mareo es insoportable. Los somníferos que le habían inyectado, en aquella sala blanca del aeropuerto, estaban dejando de hacer efecto. El ruido le hace recordar que se encuentra en una cárcel voladora, camino de África. El cubículo de paredes plásticas negras, y los agarres de su cuerpo al asiento le ayudan a no olvidarlo. Las paredes parecen fuertes, y aislantes, porque, aunque entra luz, no consigue, aparte de el ruido de unos motores, oír a nadie. ¿ Ira alguien mas en aquel viaje ?¿ Que pasará cuando aterricen ?. Después de ser condenado, y encerrado, había recibido un manual titulado " África, un nuevo comienzo", que se suponía tenia que haber leído, pero su cabeza últimamente no tenia mucha desierto avion simpatía por las letras. Leer le animaba a concentrarse, y eso le ponía nervioso, y descontrolado.

Una voz metálica les informa de que van a aterrizar, que se preparen para el descenso. Martín sabia que esos viajes no estaban tripulados por personas, quien iba a arriesgarse a salir vivo de un accidente sobre África. El transporte poco a poco se va parando, un sonido diferente anuncia la inversión de los rotores, y el descenso hacia el suelo.

Todo empieza a moverse de forma diferente, el incio del descenso es brusco, y produce sensación de vértigo, mientras el estómago se vuelve del revés. Un grito de mujer, mas gritos, muchas sacudidas, mas vértigo..., un golpe contra el suelo..... hemos llegado.

En ese momento el cubículo baja y desaparece en el suelo, los anclajes de el asiento se abren, y una voz le ordena a Martín que se levante, mientras la temperatura del asiento crece insoportablemente. Un segundo antes, mirando a su alrededor ha podido comprobar que solo están 7 u 8 personas en el trasporte. El aire acondicionado ha desaparecido, y en la cabina empieza a hacer mucho calor. Todos se ponen de pie, hay 4 mujeres y 3 hombres, y los asientos desaparecen por el suelo. Están en una cabina de avión, de unos 15 metros cuadrados, que se ha quedado totalmente diáfana, mientras, de pie, se miran unos a otros.

La pared ,con un suave silvido, se abre de repente, ofreciéndolas la visión cegadora de un gran desierto, árido, sin árboles, mucho sol, y una antigua carretera. Unas mochilas caen del techo, y de nuevo la voz les manda salir, mientras las paredes de la cabina se van cerrando, con intención de aplastarlos. Todos corren, saltan fuera del transporte, y asustados por el incremento del sonido de los motores, cuando llegan a la carretera, ven como la máquina voladora se levanta y desaparece en el cielo.

El silencio acompaña a sus miedos.

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